Un abrazo
Deberían al menos, dejarle salir para pisar los charcos de la calle, con los pies descalzos.
Diez días entre esas cuatro paredes blancas agarrándose como puede a las marras de vida que no quiere dejar escapar. Se aferra hasta perder la serenidad al AQUÍ.No quiere irse.
Ayer apretaba mi brazo con fuerza contra su costado mientras paseábamos los tres, su "perchero" de líquidos, ella y yo por el largo pasillo de la primera planta. Se supone que era yo la iba a distraerle de su inseguridad y de su dolor, y fue ella la que tuvo que serenarme a mi.
Yo no la vi enferma. Vi a la de siempre, pero en otro lugar. Y como tal actué.
Poco a poco le voy dibujando pinceladas de la extraña biografía que firmo todas las noches. Ayer contándole cosas de mi rompí a llorar, porque últimamente lloro mucho. Y con la misma serenidad con que acoge la amplitud de mis sonrisas, también se dejó empapar del amargor de mis lágrimas. Y me abrazó, pasillo arriba, pasillo abajo, sin abrir los brazos. Pero me abrazó.
Le deberían dejar pisar los charchos de la calle. Porque lo haría despacio, sin salpicar, metiendo los pies para sentir el agua fría y darse cuenta de que sí, de que esta viva. Bien viva.

