Sin tele
Qué atareada estaba siempre.
A duras penas sacaba un rato para leer. Siempre que lo hacía era los minutos previos al sueño, entre cálidas sábanas que me inducían irremediablemente al más delicioso sopor.
El libro caía junto a la cama y sus hojas no avanzaban nunca.
Ahora no tengo tele en casa. He decidido no tenerla. Insisten en regalarme una, con TDT, hiperplana, hiperligera, hiperagobiante, hiperabsorvente, hiperalienante...
No quiero, porque ahora sí tengo tiempo para leer.
No es que le dedicara mucho tiempo a la caja tonta. Si acaso alguna hora nocturna, pensaba que así desconectaría del ajetreo urbano. Erróneo plan.
Es verdad. Vivo menos informada.
Ya no sé si Fulana se ha implantado otro par de kilos de silicona, o si Fulano ha declarado su amor monetario por la famosa modelo aquella. Me ahorro presenciar los insultos naranjas y rojos, los amarillos y rosas.
Y ya estoy pensando preparar mi cueva contra el ataque electoral para el que quedan brevísimos meses.
Me llenaré de libros. Libros de ciencia ficción, libros de poesía, literatura alpinista, clásicos. Apuntalaré la puerta, las ventanas con libros.
Y me iré a soñar con los cuentos que me cuentas.

