Se cae la cáscara de la cebolla.
Una inmensa cebolla, de múltiples caparazones. Cuanto más externos más endurecidos y secos.
Crecía indefinidamente. Las capas se iban superponiendo y sumando a las anteriores.
Hasta que un día, la cebolla parecía más piedra que tubérculo.
Rodaba por campos, asfalto, por cubierta de barcos y en el fondo de un carromato.
Un niño pega una patada a la cebolla, porque creía que era guijarro de río. Otro la utiliza para hacer bonitas ondas en el agua, lanzándola lejos y abandonándola en el fondo del mar. Otro la metió en su caja de colección de piedras, era singular.
Nadie intuía que había vida dentro.
Había empleado toda su fuerza en mantenerse inalterada, en compactar su estructura.
Pero ahora la cebolla llegó a un jardín verde, húmedo, generoso. Nadie le da patadas. Nadie le hace daño. Ya no necesita su caparazón. Las capitas exteriores se van cayendo, como se le cae al guerrero su armadura cuando ha finalizado la guerra. O como cae el sedimento sucio de un tronco al amor de la lluvia.
Y afloran las suaves curvas, blanquecinas, jugosas de un fruto tierno que llora o hace llorar.
Y descubre aquello que nunca tuvo tiempo de disfrutar. Se hace consciente de realidades asombrosas.
Y brota en ella, de una vez, aquello que nunca se atrevió a florecer

