Rodin.

Una manta de cristales de hielo
asoma lenta, opaca y grisacea
sobre los tejados húmedos.
Aún no ha dado tiempo a que el sol
tibie el amanecer
y ya va a desaparecer tras los cirros invernales.
En las calles las estatuas de Rodin desafían la gélida humedad
con el bronce de sus desgarradores desnudos.
La osadía las ennoblece aún más.







