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¡¡OXÍGENO!!

por cumbre
martes, 12 de junio del 2007 a las 13:30
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¡¡OXÍGENO!!

Llega mi bola de oxígeno.

Está ahí, la toco con la punta de los dedos. Es azul, transparente y blanda.

Después de llevar un luto imperecedero me vestiré de azul iridiscente, porque ya tengo mi burbuja, ya casi la tengo.

Ayer era un día gris. Hoy es un día azul.

Y se me expanden los pulmones hasta llegarme a las rodillas y las orejas. La sangre golpea con fuerza en mis extremos y mis entrañas son una bolita de pompas de jabón.

Mi alegría sale de su letargo. Asoma la cabeza y cierra los ojillos. Hace demasiado sol y no está acostumbrada a tanta luz. 

Me quiero reír agusto. Reírme con mis amigos, con mi gente, poca, la que me ha asegurado cada paso.

Me quiero reír y caer agotada a los pies de mi nuevo jardín de flores y mirar a mi derecha y ver que tú también te estás riendo.

Montes Torozos

por cumbre
lunes, 11 de junio del 2007 a las 11:51
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Recurrí a mi objetivo para difuminar el ansia y la fina  barrera que (¡ójala!) señale el antes y el después.

 

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¡¿volamos?!

por cumbre
martes, 05 de junio del 2007 a las 15:32
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¿Te atreves a volar conmigo después de haber visto cómo me estrellaba una y mil veces? 

¿Te atreves a pesar de ser evidentemente negligente con el cuadro de mandos?

¿Incluso después de haberme visto perder el tren de aterrizaje?

Tengo la sensación de no ser la única loca en esto.

Sabes que no guardo paracaídas, ni para ti ni para mí, que mi nave no es precisamente de última generación, que los sistemas de alerta fallan y que se acumularán las camisas sin planchar en la silla.

Sabes que unos días vuelo muy alto y otros me trabo con las copas de los pinos más esqueléticos. 

Sabes que no conozco el lugar de aterrizaje o amerizaje, ni la hora, ni el día.

Sabes que no sé nada y no te importa mi ignorancia.

Te pregunto y me respondes.

Me equivoco y tus dibujos me indican el camino.

Me caigo y no das tiempo a que toque el suelo.

Hace mucho que no siento frío.

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¿un motivo?

por cumbre
martes, 05 de junio del 2007 a las 00:54

 

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Se me deshace la noche entre los dedos.

El día discurre de oficina en oficina.

La fiebre asciende, como la araña por su hilo de seda.

Me veo nadar con todas mis fuerzas en un inmenso océano. Las islas son privadas. No se permite llegar a puerto.

Un objetivo claro. Una tonelada de empeño.

Un tablero extraño donde se juega a algo que nunca aprendí.

Muevo mis fichas torpemente, apenas me quedan peones, la reina está cansada y el rey tira de ella.

Sin alfiles ni caballos de salto inesperado. Si acaso una torre desde la que observar.

Mi grito se convierte en eco perdido en algún lugar.

Desde que nací no he dejado de llorar, ahogadamente.

Soy un fantasma. Gas contra acero.

Ya casi ni me llegan noticias del exterior. Sólo las de mis verdugos.

Los brillos de las hojas de metal vuelven a volar.

Busco la armonía en un entorno hostil.  Me pincho.  Me quemo.

Siempre tienes una manta cálida para mi, una tirita para mi cicatriz, un dedo que sustente mi lágrima, un instante para mi voz, un vestido para mi piel, un paréntesis para mi tiempo, un susurro para mi desconsuelo.

Los días en que todo hace daño,  de soledad absoluta...

... servirán para saber cuánto valen los días de paz. 

 

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Perspectivas

por cumbre
sábado, 02 de junio del 2007 a las 09:49
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Ayer estrené pantalones nuevos.

Y fui a restregarlos por el suelo, intentando buscar una perspectiva diferente.

Como cuando destrocé el traje de la primera comunión jugando al fútbol y pisando charcos. Mi vestido era a los charcos como el terrón al café.

Música que me alejara del suelo y un objetivo que me permitiera ver de manera diferente.

Una carta matutina se imprimió en mi agenda:

" Mi ciudad. 9:25 am. 

Primeras horas de la mañana. 

Mi ansia topa aún con las puertas cerradas de los locales comerciales. Siempre salgo corriendo de la historia que me precede y llego demasiado pronto a la puerta que una y mil veces me encuentro cerrada.

Tengo que esperar. Esperar para todo.

Sentada en un banco impropio, a una hora impropia, disfruto del hilo de sol pálido que se cuela por la esquina de la izquierda.

Por el rabillo del ojo percibo piernas que desfilan por la pasarela de adoquines oscuros.

Estoy fuera de esta realidad, y a la vez observo cómodamente.

Por los auriculares, la voz parece hablar a través de una sonrisa y la música me lleva lejos. Música electrizante, alternativa, violenta, ácida, siempre con el punto común del modo menor.

¿La tristeza denominador común de la rebeldía y la revolución?

El cielo azul se ha cubierto de un tul blanquecino y el temprano sol no me quita el frío. Mi leve chaqueta no mantiene mi calor.

Suena la radio y me voy lejos. La voz, dulce, me habla de "La Caja", una película de muertos."

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Ya casi me estoy yendo.

por cumbre
jueves, 31 de mayo del 2007 a las 09:42
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Ya casi me estoy yendo.

Caminito al campo voy, cubierta de aceite y flores.

Ni toco el suelo, ni me arañan las zarzas, ni me quema el sol.

Desnudita camino, como siempre quise, cubierta de aceite y flores. 

Cubierta de aceite y flores.

Ni flechas para defenderme.

Ni escudo para cubrirme.

Sin metales que delimiten mi espacio. Sin armadura.

Porque caminito al campo voy, cubierta de aceite y flores. 

Allí te quedas, entre las ramas secas de un campo valdío,

mientras te clavas tus propias flechas,

sangrantes de veneno. 

Ya no miro atrás.

De mis pies nace cada día un camino nuevo.

Caminito al campo voy, cubierta de aceite y flores.

Mujer con alcuza.

por cumbre
martes, 29 de mayo del 2007 a las 08:52
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Mujer con alcuza.

MUJER CON ALCUZA

(A Leopoldo Panero)

¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro,
por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y sacudía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan extrañas flores encendidas.

Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegría infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
solo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que en los túneles les pellizcan las nalgas,
...aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con una ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

...No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iban cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un instante en las sombras,
algún cuchillo como un limón agrio que pone amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Solo la velocidad,
solo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
solo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

...Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
 ¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
 ¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
 ¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?

 

Dámaso alonso 

Pequeño salvaje

por cumbre
sábado, 26 de mayo del 2007 a las 11:16
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Pequeño salvaje

Ya le gusta empaparse de lluvia.

Se inclina justo hacia el lado contrario.

La maleta de pensamientos controvertidos no le pesa demasiado.

La lente templada de sus libros le enseña a mirar más allá, mucho más allá del punto que discrimina entre los que se conforman y los que serán eternamente jóvenes.

No es gota pequeña que se hará grande. Siempre sentirá necesidad de más agua. Y no habrá océano que lo sacie.

Decidió vivir ya con puertas y ventanas abiertas. Decidió sumergirse con la minoría en el mundo que sólo pertenece a los más osados: las estrellas.

Intentarán malearlo (mil veces más aún) pero ondulará para que la corriente no lo arranque.  Ya ondula.

No encontrará sitio cómodo. Pero encontrará su sitio. El que le permita mirar cómo esta rueda gira, se tuerce, se cae, se destruye , mientras con parches inútiles intenta no hacer aguas. ¡Que no se vean las grietas!

Unos cuantos miramos el curso equivocado y nos negamos a involucrarnos en el devenir manipulado.

Pequeño salvaje...

Sobre el blog

Allá arriba.

Estoy donde siempre. A unos cientos de metros sobre el suelo.

Mi vista de pájaro miope me proporciona perspectivas aterciopeladas o distorisonadas de la vida en la corteza.

Mi vida de pájaro me permite refugiarme en cuevas inaccesibles y me permite admirar las más escalofriantes tormentas.

Mis hábitos de pájaro me llevan a volar mucho para conseguir una minúscula pieza. Es dura la vida de ave.

Mi cerebro de pájaro me obliga a simplificar. Si me disparas, huyo. Si no me molestas, no te molestaré. Y rara vez concedo mi cercanía.

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Anecdotario.27_octubre_09 (Edu)
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