Doña M. y su varita de poder
Los había visto de lejos. Me hice la longuis.
Soy consciente de que sé andar en bici por ciudad.
También soy consciente de que ponerse a tiro de los conductores de vehículos es un riesgo innecesario muchas veces, así que cuando no hay jaleo, prefiero ir por la acera.
Soy consciente de que la pasarela del Museo de la Ciencia de Valladolid está declarada como de coexistencia de peatón y ciclista.
Pero lógicamente, los munipas me pararon por circular a velocidad ridícula (iba detrás de unos ancianos) a una distancia más que prudente por la pasarela mencionada, zona de coexistencia.
El agente se dirigió a mí en tono jocoso, incluso alegre: -Señora, o señorita. No está permitido circular por aquí con bicicleta, aunque me consta que sabe manejarla con prudencia.
Intenté excusarme con lo de la coexistencia de tal sitio ante la incredulidad inamovible del pitufito en cuestión.
Notaba cómo mis mejillas se iban coloreando de pura rabia, cuando abrió la boca el acompañante, que resultó ser una antigua amiga.
Y digo lo de antigua porque un día lo fue y dejó de serlo radicalmente, por un problema que jamás entendí.
Detrás de unas macrogafas de sol pronunció mi nombre, acompañado de: "mejor es que te bajes de la bici".
Espero, doña M. que la puñalada te haya sabido a gloria. Sí, don Estado te ha dado poder para hacerme bajar de la bici cuando USÍA lo ordene.
Pero la catadura moral que nunca tuviste no la obtendrás con ese uniforme azul y esas botas militares que no hacen más que esconder un evidente complejo de inferioridad.
En fin, seguiré haciendo uso de mi bici a sus espaldas, doña M., y cuando su dedo vuelva a señalarme volveré a bajarme de mi transporte no contaminante, que por cierto, usted usa a discreción también por las aceras.
Hay que joderse...



