Es verdad que, a veces, un espíritu grande no cabe en el cubículo de un cuerpo.
Por eso decidiste romper tus límites, como lo hiciste siempre con todo, convertirte en humo.
Tu biografía, tu música, los lamparones de tu camisa, tus pelos beethovinianos hablaban por ti. Tú no cabías dentro de tu cuerpo.
Me llegó la noticia un mes después de que decidieras irte, querido maestro. El único que sentí como eso, maestro.
Y acuden a mí, ahora, años después, agolpados, todos esos momentos en que compartimos tanto y nos enseñaste mucho más. Mucho más que música, mucho más que piano, mucho más que canto. Aprendimos que la música no son las partituras, que el piano no es un instrumento, que no se cantaba con la garganta. Aprendimos que la música es un elemento de la sangre que canta, que suena, que vive y que da vida.
¿Recuerdas que ventilábamos la habitación para que ELLA no notase que habías fumado? ¿Recuerdas los festines de chuches y patatas fritas que disfrutábamos como manjares al horno a escondidas? ¿Recuerdas cuando mandábamos todo al traste e improvisábamos un coro cuasiprofesional entre aquellas paredes de corcho? ¿Recuerdas que eras el único que me pedía que tocase lo que componía en vez de aquello de lo que me iban a examinar? Corregías mis torpes melodías y armonías, más sentidas que pensadas, con el respeto con el que hubieras tratado a un gran talento. Me proponías que metiera un pedal, que cambiara los dedos, que subiera una octaba esa melodía. Te entusiasmabas con mis pequeñas creaciones y yo me entusiasmaba con tu entusiasmo.
Tal vez ese fue tu truco, la proposición, nunca la imposición.
Entre el abanico de tus batutas se entreveía el profundo amargor que vivía enquistado, como cáncer al acecho, mientras nos dirigías.
Siempre te he recordado, maestro, como el gran único que me miró con los ojos que necesitaba ver, el único que supo sacar de mi lo que yo valía. Y cuando te fuiste a tierras segovianas, la florecilla que cuidabas y regabas se marchitó, porque nadie jamás amó mi espíritu musical salvaje como lo hiciste tú.
Dejaste tu cuerpo a merced de la proa de un tren para viajar lejos en él.
Si así se ha roto tu dolor, si así acaba tu interminable lucha contra los elementos... no queda más remedio que asumir tu marcha con paz.
Un abrazo, Valentín Cañibano Gago, un abrazo sincero, mi reconocimiento y mi agradecimiento maduro y sentido.