El nuevo remolino

¡Cómo iba a durarme la tranquilidad tanto tiempo! ja, ja, ja.
Quienes viven cerca de mí (pocos, cada vez menos) saben que este año será complicado. En junio me presento a unas opos que, por aquel entonces, llevaré preparando dos añitos de na.
Los nervios ya empiezan a ocupar su lugar, como si fuesen a presenciar un espectáculo. Algunos días los veo ahí, ahí mismo, riéndose de mí despiadados. Otros días busco, miro y veo que no están, que no hay nervios.
Pero sé que en el momento más crucial nos batiremos en duelo y acabarán ellos conmigo o los derribo sin saber cómo ni por qué (que ya me ha pasado en alguna otra ocasión). Un duelo rápido, en el instante previo a enfrentarme al tribunal...
¿Alguien conoce algún remedio para acabar con esta parte instintiva, irracional e indómita del ser humano?
Mientras tanto, el otoño llegando. Infinidad de árboles que visitar: las hayas ya empiezan a estar rojizas. Los chopos conservan aún gran parte de sus copas en amarillo rabioso... Otros se llenan de frutos: los madroños están a pedir de boquita, los higos, ¡las moras!, las uvas... La berrea llena los bosques de sonidos increíbles y es facilísimo encontrarse con un bicho de semejante talla en medio de un camino... Y la atmósfera, ¿qué me decís de todas esas nubes que anuncian el invierno? Las grandes masas de cirros vienen precedidas por las nubes-pluma de hielo. Los cielos enladrillados, cúmulos convulsos, las primeras nevadas...¿Cómo voy a atenderlo todo? No puedo perderme un otoño, ni un invierno, ni una primavera, porque nunca se sabe cuál va a ser la última, y ¡porque cada vez las cosas suceden de manera diferente!
Ay.





