No es fantasía.
Aquella noche cenamos en el precicipicio, un precipicio casi esférico, oscuro.
De la sima emergieron miles de gotitas brillantes, minúsculas, que al posarse sobre nuestra piel se convirtieron en escamas iridiscentes.
En el horizonte, no muy lejos, un millón de crestas heladas recortaban sus filos sobre un denso manto gris y vermellón. El sol se iba.
Cenamos las semillas extrañas que traje del mundo del que tanto te hablo. Tú convertías en fueguecitos pequeños aquellas frutas rojas aromáticas.
Nuestros pies no tocaban el suelo. Pendíamos de algún lugar del firmamento, como dos cometas más. Lejos de la corteza que atiere, allá arriba.
Ya sólo vigilaba el Cinturón de Orión.
Aún crisálida,aquella noche me convertí en niña gigante, con brillante piel de fruta y pequeñas pepitas escarificadas.
No era un sueño. Te prometo que no.
Te lo conté y con tu sonrisa el alba se deslizó sobre los cristales.




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