La Soledad
Impactante de puro simple. Como podría ser un poema de Juan Ramón Jiménez en su última época.
Sin más ornamentos que los cruces de planos de las pantallas divididas, narra vidas paralelas de personas que en algún momento sufren un trauma importante. La vida sigue, pese a todo. La soledad continúa antes y después del trauma. El silencio, el ruido de la ciudad, el ruido del recuerdo, del dolor. Las paredes continúan siendo igualmente blancas, igualmente frías, el crujido de las puertas rompe el frágil silencio del pasillo, de los pasillos.
Lucha silenciosa por superar las pequeñas y las grandes trabas del destino. Ni un solo abrazo, ni una canción de fonto, ningún televisor llena el vacio de los largos planos de reflexión. Ni siquiera se oye el grito mordiente de las tragedias. Todo sucede en silencio. En soledad.
Los desnudísimos primeros planos pondrían en jaque a más de un actor o actriz consagradísimo, que sin embargo, desarrolla e interpreta con una pulcritud de batín blanco el reparto de esta gran obra de arte.
Para un público minoritario, aunque hable de la mayoría. Para el espectador sensible a la sutileza, pese a narrar la más pura cotidianeidad.
Esta es una muestra más del buen cine, antónima de lo que nos quieren vender (y de hecho venden) de esa parte del mundo donde no existen las historias anónimas, personales. Sin efectos, sin maquillaje, sin montajes imposibles. Sencillez, contundencia y una sutileza difícil de calificar.
Más que merecido ese premio Goya.

