la gitanita
Esos bracitos pequeños, como alambres, sostenían sobre la cadera, balanza loca, el cestillo de flores por vender.
Iba la gitana por la gran avenida. De los canalones aún colgaban cables con bombillas navideñas.
"La piesnegros" la llamaban. Caminaba sobre las aceras pegajosas de alcohol derramado con sus pequeños piececitos morenos o sucios o duros. Meneaba su cintura como una maniquí. Manos en jarras. Su destrenzada melena se enredaba y penduleaba sobre su espalda.
Una falda rematada en un hilván de cascabeles sonaba al trote de sus pasos, como potro, como feria. Envolvía sus estrecheces y se alargaba la cola de la pequeña Samotracia lisboeta.
Una fila interminable de casoletas blancas que miran al mar indica el camino de sus pasos. De las grietas entre el caos de pequeños adoquines cuadrangulares brotan finos hilitos de agua.
Con una alegría sin principio ni final, sin causa ni consecuencia, sin porqués ni paraqués, con la tensión en el cuello de pura sonrisa tonta, mostrando su desdentada encía infantil. Alegre y cantarina de cascabeles llegó a la orilla que acogió su falda como quien toma el cáliz de una flor por sus sépalos. Y siguió caminando hasta que se le desbarataron los ramilletes de su cesto y flotaron fúnebres en el agua. Ya su cabellera se fundía con las algas y se movía al mismo son. Ya sus pies sucios eran coralitos negros.

