De rodillas.
Del primer golpe se doblegan las rodillas.
Ese sucedió pronto. Muy pronto. Muchos muchos años atrás. Antes de que las rodillas fuesen lo suficientemente fuertes como para mantener en pie el cuerpecito que sostendrían el resto de su vida.
Desde entonces se tuvo que acostumbrar a caminar de rodillas, a rastras, a escondidas, pese a lo que cayese de encima o surgiese del suelo.
No son sus rodillas fuertes, pues nunca se creó tal parte del cuerpo para caminar. Podría parecer que a fuerza de kilómetros y de tiempo la piel se podría haber endurecido y adaptado para tal inusual misión. Pero no.
Sus rodillas se van inflamando y están tan deformadas que es imposible que pueda caminar sobre esos pies que nunca pudo usar. No sabe erguirse y tiene miedo.
Las zancadillas son caídas seguras. Se ha acostumbrado a reprimir las lágrimas o a secarlas rápidamente. Gritar es absurdo. Su voz se pierde entre el barullo de mil causas pendientes.
-¿Y por qué sigues caminando y no te detienes en algún lugar seguro?
-Porque tengo que conseguir un sueño.



