Artículo dadaísta sobre las segadoras (oníresis)
Aprendí que cuando no puedes cambiar el mundo hay que adaptarse a él.
Es más económico, más práctico, más saludable.
Pero cuando hay que pasar la segadora sobre el útero que recorriste paso a paso, la sabia de la hierba sabe a sangre, a desasosiego y a falsos macarrones con tomate.
Ha caído la noche en aquella tierra que en todos los planetas del mundo tiene luz. Se ha bajado la persiana para siempre, aunque seguro de vez en cuando pase algún pez abisal que permita ver fugazmente las arrugas de la corteza continental y la sequedad de los océanos.
Caen margaritas a mis manos. Huelen a pescadilla frita para cenar. Huelen a la inteligencia de Siza. Son ya margaritas cortadas, muertas, como las manos de un artista mutilado.
Pero yo tengo que pasar la segadora. La radio me impide oír el ruido de mi máquina (Vuelta al mundo en ochenta libros), las lechuzas de todas las cumbres acarician los sueños y hacen olvidar la segadora. Pero tengo que pasar la segadora, tengo que pasar la segadora, tengo que pasar la segadora.
Tengo que pasarla sobre el césped que nunca terminó de crecer. Porque nunca hubo luz suficiente. Porque se ha echado la noche irreversible. La noche de los falsos macarrones con tomate.



