Anecdotario.20_octubre_09
Anoche, mientras cambiaba el calor de casa por la otoñal dehesa abulense, escuchaba en Radio 3 el programa El Postre. Cálidas voces de los locutores logran apagar el silencio del viaje. Más aún cuando Jesús Munárriz recitó uno de los poemas de su nuevo libro Rojo fuego nocturno, titulado Otoño navegable.
Hablaba de que el cielo se llenaba de panzas de burro, grises, algodonosas. A la Cibeles le chorreaba el agua de lluvia. Los árboles abandonaban sus usadas hojas. Y tiritan, azules, los astros, a lo lejos (¿o esto no era de Munárriz?)
Y hoy salía del cole así, cobijada bajo mi cuello de abrigo, esquivando ráfagas del aire que huele a sierra en albores de la nieve, arremolinada entre diablillos de hojas ocres, con nariz fría y botas mojadas.
Ha caído el otoño aquí con las manos abiertas. La sierra sostiene niebla gris y opaca y los cirros han velado el añil del cielo seco y anticiclónico. Los niños cargan con aborregadas cazadoras, bufandas que saludan al cuello y pequeños paraguas de plástico barato. También ellos hoy estaban de otoño. Desapacibles, inestables, testarudos y arremolinados, como viento del norte. La canción de Clave de sol ha caído como un manto de lluvia y los colores que han elegido para colorear han sido más apagados que otros días. No hemos salido al patio a jugar con arena, a dar patadas al balón, a robar bocadillos y tirarnos de las coletas. Ni siquiera han podido varear los castaños para robar sus primeros frutos.
Por fin alguien ha venido a sustituir a la profe de infantil de 3 años. Una chica segoviana que se lamentaba por la mala suerte que tuvo en las opos. Le he ofrecido pasar alguna noche de invierno en casa, si la nieve le impedía volver. Espero no haber metido la pata. Un día, por tonta, me darán un buen palo.
En fin, hoy no hay anécdotas simpáticas. El otoño se ha ceñido con fuerza a la dehesa y, lejos de hibernar, nos preparamos para sobrellevar el frío de la nieve y de las ausencias.



