Alberto
Lo tengo delante.
Es bajito, casi pequeño. El pelo se le encrespa de puro rebelde, castaño pardo. Siempre lleva las uñas medio sucias y coloretes de sano sofoco en los mofletes.
Tiene unos ojos entre verdes y tiernos, entre inocentes y brillantes, entre vivos y enormes. Y no puedo evitar dejarme derretir por ellos.
Es un apasionado de la bici de carretera y de montaña y aborrece el colegio. Se le iluminan los ojos hablando de sus competiciones y se somete resignado a las intensas sesiones de sintaxis, morfología o lectura (o lo que yo le diga).
-¿Te pongo más oraciones, Alberto? Tienes que estar ya un poco harto.
-Bueno, como quieras.
Y le pongo las oraciones y me mira desde abajo con esos inmensos ojos verdes que licuarían al más pétreo. Siento compasión. Hoy creo que ha hecho unas 40. Pero sé que tenemos que seguir trabajando. Tiene que aprobar este próximo examen.
Agarra el lápiz ya sin punta entre esas uñas siempre llenas de un hilito de mugre. Y se afana en el papel, no sé por qué. La mayoría me hubiera mandado a la mierda después la paliza cerebral a la que le he sometido. Pero no, por alguna causa se inclina exageradamente sobre la mesa y con pequeños murmullos va rellenando las casillas: -atributo, complemento directo... Sol, ¿esto es sujeto?
Quiero pensar que es como los niños de antes, los de siempre, los de los pueblos. Esos que jugaban con el barro del suelo y la arena, esos que quedaban embobados ante una historia grande, esos que respetan a los que les quieren, esos con las rodilleras desgarradas de tirarse por los suelos para recoger la pelota.
Alberto compite, corre en velódromos y se codea con los benjamines más astutos de las pistas. Pero él no presume, no se alza sobre nadie, no quiere brillar sobre los demás. Porque es humilde, sencillo, aún inocente.
Cuántos niños así faltan en la calle.

