Así de simple.
Un paso de gigante.
Se acabó el billete en aquel tren destartalado. Llegué a la última estación. Paró el mundo y me bajé. La voz metálica de megafonía indicaba el enlace con la siguiente línea.
Me apeé e inmediatamente y tomé el que en ese momento salía de la misma plaza.
Y pese a que aún permanecen en mis pupilas los últimos reflejos del atardecer de ayer, esto ya ha empezado a andar hacia algún otro destino. Por mi ventanilla amanece. Entre pardos castaños, robles que sujetan sus últimas hojas, robustos pinos y esqueletos de álamos, allá, sobre el Pico, entre el Torozo y la Albujea, reluce un poderoso sol invernal, naranja, vivo. Y pone fin al frío de una noche al raso.
Crucé la línea de meta para empezar una nueva carrera, más alto, más fuerte, más feliz.





